Carlos Elizondo Mayer-Serra
En 1971, la economía mexicana creció "sólo" el 4.2 por ciento. Atonía, le llamó Luis Echeverría. Después de tasas de crecimiento promedio de más del 6 por ciento de 1958 a 1970, el Presidente entró en pánico. Había que hacer cualquier cosa para retomar los antiguos niveles de crecimiento para no correr el riesgo de que la presión social desbordara al gobierno y entráramos a una crisis política peor que la de 1968. Así viven aterrados los gobiernos autoritarios. Nunca saben el tamaño del descontento social.
Resultó peor el remedio que la enfermedad. México logró crecer, pero al hacerlo simplemente con más gasto público y una mayor intervención estatal, se terminó por llevar al país a una profunda crisis económica. Sin embargo, ésta no llevó al temido desbordamiento social y político. Tendríamos que sufrir varias crisis económicas para que el PRI perdiera el poder.
China está hoy en una situación similar a la del México de los primeros años del gobierno de Echeverría. Han tenido un crecimiento milagroso: en promedio, de 1979 al 2010, han crecido 10 por ciento cada año.
El gobierno chino enfrenta una problemática similar a la que enfrentó Echeverría. No crecer les da pánico. Sin embargo, los ciclos económicos son propios de toda economía y además, una economía, al modernizarse, va requiriendo una nueva mezcla de políticas públicas para hacer posible el crecimiento.
Lo más sencillo es gastar, ya sea directamente o a través del impulso al crédito. Esto puede permitir esquivar el bache, si éste no es muy grande y si se asignan bien estos recursos. Sin embargo, en contextos poco transparentes, esto lleva a corrupción y amiguismo. Los ganadores de este gasto adicional suelen ser quienes están cercanos al gobierno.
Además, en dicho momento, la libertad asociada con la economía de mercado es vista como un riesgo para el control político. Los sectores más duros dentro del gobierno ven la oportunidad para revertir la apertura o impedir que ésta avance. Creen también que se puede controlar todo centralizadamente. En el corto plazo estas políticas pueden procurar crecimiento, pero terminan por crear un sector público grande, ineficaz y dependiente del subsidio público.
Esto describe por igual el México de los setenta y la China de hoy. La burocracia china parece mucho más eficaz que la mexicana. Sin embargo, esto lo sabemos ahora que conocemos cómo terminó de mal el experimento iniciado por Echeverría.
Con esto en mente es que hay que observar la revuelta de hace dos semanas en Zengcheng, un pueblo que provee trabajadores a la ciudad de Guangzhou, así como la rápida reacción de las fuerzas de seguridad contra los trabajadores migratorios que encabezaron la revuelta. Una de las peculiaridades de China es que los trabajadores migratorios sólo tienen derechos sociales en su lugar de origen. Esto evita que se queden en la ciudad donde trabajan si pierden su empleo, por eso no pululan los desempleados en las ciudades chinas y no le cuesta a la ciudad sus gastos de salud o educación. Estos cientos de millones de trabajadores migrantes han ido acumulando un gran descontento.
Los retos que tiene el gobierno chino enfrente son mayúsculos. Ante la presión inflacionaria reciente, han subido las tasas de interés, lo cual frena la economía y genera presión social. Dado que cuando la economía mundial cayó en recesión en el 2009 se dedicaron a prestar dinero para apoyar a la economía, esta alza de tasas de interés va a incrementar la insolvencia de los créditos otorgados.
China invierte de más: el 46 por ciento del PIB, un récord histórico. Esto ha alimentado una burbuja inmobiliaria que es, también, de pronóstico reservado. Ya no pueden seguir creciendo simplemente invirtiendo más. El número de chinos que entran al mercado de trabajo ha disminuido como producto de la política de un solo hijo, con lo cual se han presionado al alza los salarios. La demanda china por materias primas mundiales ha terminado por presionar los precios de alimentos y combustibles en China.
Después de las revueltas en Egipto y Túnez, el gobierno chino reaccionó con dureza, aumentando los controles políticos. Con menor crecimiento o mayor inflación, el balance político actual puede ser difícil de sostener, aunque las malas políticas económicas se pueden sostener muchos años cuando se cuenta con el impulso de décadas de crecimiento y un gobierno asustado y con pocos pesos y contrapesos.
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